La cacería del contribuyente


08 de mayo de 2018

Hay una errónea creencia (históricamente demostrada) que, si se suben los impuestos, el Estado recauda más dinero y por tanto puede aplicar más políticas sociales. Nada más lejos de la realidad.

La realidad, eso que algunos no quieren ver pero además pretenden que los demás no la vean, es que estas reglas son ciertas:

  1. Si suben los impuestos sobre lo que cobro por trabajo, no trabajaré más para cobrar más porque al final se lo llevan en impuestos.
  2. Si suben los impuestos sobre lo que he adquirido con mi trabajo (mi casa, coche, dinero ahorrado, etc.), los patrimonios elevados a los que, en principio más les afectaría, se trasladarán a otro país con menor tributación. (Ellos pueden hacerlo, el españolito de “a pie”, no).
  3. Si suben el IVA, consumo menos porque me sale más caro, y se reduce la recaudación.
  4. Si se suben impuestos, aumenta exponencialmente la economía sumergida y el fraude.

Para esos que no quieren ver la realidad, rápidamente encuentran la respuesta diciendo que van a atacar el fraude Y ¿cómo lo harán? Pues fácil, crearán más puestos de funcionarios que serán los que luchen contra el fraude, es decir, aumentar más el gasto público para lo que harán falta más impuestos.

Pero de la economía sumergida no dicen nada, e incluso hace poco hemos oído como algún partido, de esos que no ven la realidad, ha llegado a pedir que no se persiga la venta de falsificaciones, según quien las venda, claro.

Y lo peor de todo ello es que la mayoría de esos funcionarios encargados de luchar contra el fraude, se sientan en sus cómodos despachos, encienden su ordenador y se dedican a ver qué contribuyentes, de los que ya declaran, “cazan” ese día para pedirle hasta la última factura, la justificación de todos y cada uno de sus gastos y hasta la partida de nacimiento de tus tatarabuelos, para, al final, decirte que no te puedes deducir el recibo de un sello de correos de 20 céntimos, para meterte una sanción de 250,00 € por el perjuicio económico producido al Estado.

Y, una vez cazado el infame defraudador, el cazador baja a la cafetería a pocos pasos de la Administración de Hacienda y se toma un café tranquilamente, satisfecho, rodeado de decenas de papeles colgados en la pared ofreciendo trabajos de pintura, albañilería, fontanería, cuidado de mayores, etc, etc, de quienes no declaran pero, claro, para esa economía sumergida no tienen ya fuerzas. La cacería del contribuyente que sí declara les deja exhaustos.